25 ago. 2010

A una página pasada

Me cuesta encontrar las palabras. Contigo era todo muy sencillo: empezaba por el prólogo y ya sabía cómo sería el final. Nunca imaginé que pudiera costar tanto cerrar un libro que cada página era mejor que la anterior. Siento que se acerca el final y mis manos tiemblan.

Irremediablemente, sobre la mesa queda un libro con tantas historias que me han hecho sentir: El roce de las páginas era una experiencia totalmente nueva, cada historia la vivía con emoción, pero con la pena de que se acabara. Al caer la noche me convencía de que me esperaba una nueva historia que vivir. Pero el libro se acabó y no había más historias que vivir.

Al mirar mis manos vuelvo a ver ese temblor, ese miedo irrefrenable y ese sentimiento de vacío. No puedo soportarlo y cierro los ojos. Revivo cada momento que pasé con cada una de tus páginas. Hasta un pequeño corte en el dedo con una de las páginas me embargaba de una tierna amargura. Al recordarlo parece como si nada hubiera cambiado, como si volviera a estar junto a la ventana disfrutando de ti. Al abrir los ojos vuelvo a ver el libro cerrado y me doy cuenta de que todo se acabó.

Nos aferramos a lo que un día fuimos, a lo que vivimos en ese momento, confiando en que así todo sigue igual. Lo más preciado que tenemos son los recuerdos, porque sin ellos, no nos queda nada. Sin embargo, esos recuerdos nos atan, nos amordazan, impidiendo que podamos avanzar. Hoy decido gritar, hacerlo tan fuerte que mis cuerdas me desaten; hoy decido pasar página. Vuelves a la estantería de mis recuerdos, donde se que podré volver a ojearte y sonreír recordándote, pero donde no me impidas seguir.

Hoy es el día en que decido dejar de hacer el gamba y convertirme en una gamberra. (Mario, esto va a ser legendario).