20 oct. 2010

Mi teatro de marionetas

Nunca sabéis que estáis interpretando, pero es así. Consigo que hagáis lo que quiero y en el momento exacto. Pobres criaturas que pensáis que tenéis el control de vuestros actos o sentimientos, pues no es así. Sabed que cuando hacéis lo que hacéis es porque os lo ordeno.

Aclarad las voces, terminad de poneros el vestuario, el espectáculo está a punto de comenzar. Cuando las luces se encienden, hago desaparecer el telón y vosotras, mis marionetas, entráis en escena. ¡Comienza el espectáculo!

Tu eres mi nuevo actor principal; mi nuevo capricho. Son tan suaves y delicados los hilos con los que controlo tus actos que ni sabes que están ahí. Crees ciegamente que tienes el poder y no pienso hacerte ver lo contrario. Sin embargo, decirte que tienes fecha de caducidad. Tuviste ese gran estreno, pero no llegaste a dejar al público sin aire. No me sirves. Me aburres. Vas de vuelta al cajón del olvido donde se hayan las marionetas que fueron prometedoras pero se quedaron en tierra de nadie.

Fuiste el presente, colmaste las calles con carteles de tu función, así que mereces una explicación. No puedo evitar lo que soy, ni quiero hacerlo. Es mi protección, mi forma de estar segura. Sin embargo, no puedo alejarme de mi teatro. Las marionetas cambian, las obras son distintas, pero hay algo que no cambia. En el momento en el que te convertiste en mi marioneta, quedaste presa de los hilos. Allí en el pasado eres libre de ellos, pero yo siempre estaré presa de aquellos a los que manejo y controlo.

Sin esta adicción, ¿qué me queda? Tan solo que se apaguen las luces del teatro y pensar a oscuras en un día sin sol.

25 ago. 2010

A una página pasada

Me cuesta encontrar las palabras. Contigo era todo muy sencillo: empezaba por el prólogo y ya sabía cómo sería el final. Nunca imaginé que pudiera costar tanto cerrar un libro que cada página era mejor que la anterior. Siento que se acerca el final y mis manos tiemblan.

Irremediablemente, sobre la mesa queda un libro con tantas historias que me han hecho sentir: El roce de las páginas era una experiencia totalmente nueva, cada historia la vivía con emoción, pero con la pena de que se acabara. Al caer la noche me convencía de que me esperaba una nueva historia que vivir. Pero el libro se acabó y no había más historias que vivir.

Al mirar mis manos vuelvo a ver ese temblor, ese miedo irrefrenable y ese sentimiento de vacío. No puedo soportarlo y cierro los ojos. Revivo cada momento que pasé con cada una de tus páginas. Hasta un pequeño corte en el dedo con una de las páginas me embargaba de una tierna amargura. Al recordarlo parece como si nada hubiera cambiado, como si volviera a estar junto a la ventana disfrutando de ti. Al abrir los ojos vuelvo a ver el libro cerrado y me doy cuenta de que todo se acabó.

Nos aferramos a lo que un día fuimos, a lo que vivimos en ese momento, confiando en que así todo sigue igual. Lo más preciado que tenemos son los recuerdos, porque sin ellos, no nos queda nada. Sin embargo, esos recuerdos nos atan, nos amordazan, impidiendo que podamos avanzar. Hoy decido gritar, hacerlo tan fuerte que mis cuerdas me desaten; hoy decido pasar página. Vuelves a la estantería de mis recuerdos, donde se que podré volver a ojearte y sonreír recordándote, pero donde no me impidas seguir.

Hoy es el día en que decido dejar de hacer el gamba y convertirme en una gamberra. (Mario, esto va a ser legendario).

20 may. 2010

No es tan fácil

Madurar supone superar las cosas que te van pasando día a día, levantarte si te caes, pero no es tan fácil. Las personas nos sentimos realizadas cuando conseguimos superar un problema, cuando hayamos la solución a algo que nos hacía mal. Pero, ¿qué pasa cuando no puedes superarlo? ¿no estamos preparados para seguir avanzando? ¿nos vamos a quedar clavados en ese punto? Pues yo me rindo. Aquí me quedo. Por una vez voy a tragarme ese orgullo que tantos inconvenientes me ha traído y voy a dejar que otros solucionen el problema por mí.

Llevo dos semanas con ese problema usando mi cabeza como su autopista privada, haciéndole pagar peaje para hacerle saber que no voy a dejar que campe por sus anchas; demostrando que yo tengo el control. Pero la realidad es otra. Hago un balance de daños y veo que ha hecho cuanto le ha venido en gana: acabó con las áreas de descanso, dejó tramos destrozados y ni siquiera atendió a los avisos de parada de las patrullas de la razón. Mi cabeza ahora parece un campo desierto, donde no puede pasar nadie. Los daños son cuantiosos y, por una vez, no voy a arreglarlo.

Me quedo clavada aquí. Abro las barreras para que el problema pase de largo. Sé que si avanzo, nuevos problemas vendrán.


Recordando lo que dice un amigo, tan solo me queda decir: si no me muevo, no me ven.

5 abr. 2010

¿Qué le pasa a mi reloj, doctor?

No entiendo que falla, que hace que no funcione como debería. ¿Cuántas veces hemos podido oír “yo a tu edad ya había…” seguido por una lección moral? Pues algo así es lo que parece que no funciona en mí. Casi podría tratarse de un grupo para facebook, pero es verdad que las cosas cambian con los años, o quizás solo cambian para mí.

A mis veinticuatro años, con estos aires de saber de qué va la vida, me paro un momento para observar lo que me rodea. La gente tiene encaminada su vida, sabe lo que quiere, lo que tiene y lo que está fuera de su vida. Y parece que tan solo hay un patrón común: la gente parece temer morir sola. Para ello empiezan a buscar pareja o ya la tienen; o simplemente se aferran a un clavo ardiendo, temerosos de acabar sus días sin nadie que les llore.

Por ello me pregunto, ¿qué le pasa a mi reloj, doctor? No se, tal vez algo en mí falla, pero no estoy casada ni tengo hijos como en su día ya tenían nuestros padres a mi edad. No soy ese tipo de personas que necesiten de otra para completarse. Adoro mi vida y no creo que tenga que esperar a quien me haga feliz. Tengo la suerte de serlo con la gente que me rodea ahora mismo.

No busco ni deseo estar con nadie como meta para mi felicidad. Resulta obvio que el ser humano adora gustar a los demás y que se fijen en uno, pero de ahí a centrar mi futuro en ello… Mi futuro ahora es mi trabajo (el que espero encontrar pronto) y llegar a ser la mejor en él.

Quizás consiga arreglar el reloj a última hora y acabe siendo una de esas ancianas que en una residencia encuentran a un viejito que las haga felices en sus últimos días. Porque para estos días ya tengo la felicidad que necesito.

11 mar. 2010

Recuperando viejos hábitos

No puedo evitarlo, soy orgullosa. Siempre he pensado que es uno de los defectos que más me gustaban de mí. Mi orgullo me protegía, me hacía más fuerte, me hacía impenetrable. Pero últimamente me está fallando.

Hace unos días que vago por la vida buscando que pieza he perdido de mi él. Era una máquina perfecta, un artefacto que me hacía funcionar por encima de mis posibilidades; si algo me salía mal, lo repetía hasta hacerlo bien; si alguien intentaba quedar por encima, me esforzaba para que eso no pasara. No quería pensar que era una más, yo sabía que era lo mejor. Pero ya no funciono igual.

Hace una semana, mi orgullo se ahogó. Lo hizo en el preciso instante en el que me encontré bajo la lluvia, mojándome y sola. Promesas, esperanzas, ilusiones, todo ello desapareció. Con cada trabajoso paso que conseguía dar arrastrando una pesada carga, cualquier ápice de humanidad, de sociabilidad, se esfumaba. Mi orgullo se ahogó, pero como el fénix, resurgió transformado de una oscura forma.

Soy más orgullosa que nunca, más altiva, no doy mi brazo a torcer. Me he alejado de todos los que me han fallado porque, aunque se que los necesito, no voy a permitir que se acerquen a mí. ¿Incapaces ellos de ver el daño que me han hecho? Incapaz yo de dar el primer paso.

Suficientes lágrimas se han derramado, no habrá más. Rogué durantes noches que te tragaras el orgullo, pero eres incapaz. Yo no voy a ser menos.

22 feb. 2010

PARTE I

No podía entender lo que pasaba. Me había mirado al espejo tras una semana y media y no estaba. Había desaparecido. ¿Cómo era posible que desapareciera en una semana y media? No lo había echado en falta hasta entonces. Pero ahí estaba el hueco dónde debía estar mi corazón. Vacío. Solitario. Pensé que quizás lo había dejado sobre la mesilla de noche (algunas veces dejo ahí el móvil cuando voy a dormir). Pero parecía que todo estaba en orden. Ninguna costilla faltaba y el esternón estaba en su sitio. Ni rastro de mi corazón.

Hacía dos semanas que la luz se había ido. Que permanecía a oscuras todo el día. Por la noche, arropada por la oscuridad que me proporcionaba la ausencia de sol y en el día me la creaba al bajar las persianas. Todo el día a oscuras y perdí mi corazón.

De vuelta otra vez frente al espejo, miré mas detenidamente. Había unos granitos brillantes en el hueco de mi pecho. Cogí un poco de aquella arenilla brillante y me di cuenta de lo qué era. Durante dos semanas había visto eso mismo entre las sábanas cada mañana al despertar.

Pero al fin lo comprendí. Las lágrimas que cada noche inundaban mi almohada hasta que caía exhausta, habían estado erosionando mi corazón. No había desaparecido, se había consumido. Ahora ya no quedaba nada. Pude evitarlo, pero no quise.

Lo siento mucho. No puedo culparte de ello. Es que simplemente me dejé vencer. No sentía una mano amiga, pero es que no lo quise. Este era mi problema, yo debía encargarme, así que nadie lo supo.

Ahora miro atrás, nunca se lo dije, pero siento que ellos lo saben. Al final sabré si mis sentimientos eran o no certeros. Me temo que lo sean, por que, si es así, ¿qué consuelo me queda si me veían caer al vacío y no hicieron nada?

La almohada me espera. No va a ser un sueño plácido. No va a divertirme. Tu no estás y yo sigo consumiéndome.

2 feb. 2010

Un último esfuerzo

Hace casi un año que dejé de escribir. Me propuse hacerlo a diario, tenía tantas cosas que contar… ¿a quién pretendo engañar? No soy una aventurera que pase días entre tesoros buscando algo que le conmueva. Tan solo soy una chica que a sus 24 años sigue estudiando.

Se trata de estar al borde del precipicio. No puedo evitar sentir náuseas. Miro atrás y son muchos los años estudiando. Miro hacia delante y no se que hay. La distancia parece alargarse cada vez más y el suelo parece no tener fin. No se qué pasará si doy un paso más. Adrenalina y miedo se unen para hacer latir mi corazón a una velocidad que nunca pensé que existiera.

Me quedo en blanco. Quizás otro día. Aún no estoy preparada.