22 feb. 2010

PARTE I

No podía entender lo que pasaba. Me había mirado al espejo tras una semana y media y no estaba. Había desaparecido. ¿Cómo era posible que desapareciera en una semana y media? No lo había echado en falta hasta entonces. Pero ahí estaba el hueco dónde debía estar mi corazón. Vacío. Solitario. Pensé que quizás lo había dejado sobre la mesilla de noche (algunas veces dejo ahí el móvil cuando voy a dormir). Pero parecía que todo estaba en orden. Ninguna costilla faltaba y el esternón estaba en su sitio. Ni rastro de mi corazón.

Hacía dos semanas que la luz se había ido. Que permanecía a oscuras todo el día. Por la noche, arropada por la oscuridad que me proporcionaba la ausencia de sol y en el día me la creaba al bajar las persianas. Todo el día a oscuras y perdí mi corazón.

De vuelta otra vez frente al espejo, miré mas detenidamente. Había unos granitos brillantes en el hueco de mi pecho. Cogí un poco de aquella arenilla brillante y me di cuenta de lo qué era. Durante dos semanas había visto eso mismo entre las sábanas cada mañana al despertar.

Pero al fin lo comprendí. Las lágrimas que cada noche inundaban mi almohada hasta que caía exhausta, habían estado erosionando mi corazón. No había desaparecido, se había consumido. Ahora ya no quedaba nada. Pude evitarlo, pero no quise.

Lo siento mucho. No puedo culparte de ello. Es que simplemente me dejé vencer. No sentía una mano amiga, pero es que no lo quise. Este era mi problema, yo debía encargarme, así que nadie lo supo.

Ahora miro atrás, nunca se lo dije, pero siento que ellos lo saben. Al final sabré si mis sentimientos eran o no certeros. Me temo que lo sean, por que, si es así, ¿qué consuelo me queda si me veían caer al vacío y no hicieron nada?

La almohada me espera. No va a ser un sueño plácido. No va a divertirme. Tu no estás y yo sigo consumiéndome.

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