23 mar. 2009

Mis ojos para mirar, los tuyos para juzgar

Nunca es fácil plantearse unos principios y mantenerlos. Con frecuencia pensamos en nosotros mismos, en cómo vamos a plantear nuestras vidas y bajo qué normas morales y sociales van a guiarse. Parece un punto de partida fácil, ¿no? Pues no es así.

No podemos olvidar que somos unos seres sociales y como tal, estaremos sujetos a lo que los demás puedan pensar o decir de nosotros mismos. Aparentemente todos presumimos de ser fuertes, de ignorar lo que otros nos digan o piensen de nosotros pero, ¿estamos tan insensibilizados a los comentarios como pensamos?

Cuando determinas tu identidad, un alma libre, una persona dispuesta a disfrutar de la vida, a no dejar que nada te afecte, a limitarte los sentimientos para evitar sufrir, a conocer a muchas personas para vivir nuevas aventuras, para aprender de ellos; cuando decides no arrepentirte de nada porque cada cosa que haces te determina… Cuando todo esto pasa, te das cuenta que la gente simplifica todas tus normas, tu forma de pensar y toda tu vida, tachándote con una única palabra: libertino.

No juzguéis para sentiros mejor, todos somos pecadores y todos tenemos defectos. Señala los míos porque aprenderé de ellos, pero lamento que al hacerlo ocultes los tuyos por vergüenza. La vergüenza te hace débil mientras yo cada vez soy más fuerte.

5 ene. 2009

Una difícil despedida...

A veces no es fácil comprender porque pasan algunas cosas. Vemos pasar las horas en multitud de ocasiones y no nos paramos a pensar que cada minuto que vivimos es único, inigualable.

Hoy tuve que volver al trabajo, hacía dos semanas que no coincidía con mi jefa, la primera semana por sus vacaciones y la siguiente por las mías. Se nos ocurrió que si cogíamos vacaciones alternas, la oficina nunca se quedaría sin departamento de marketing. Nosotras pensando en la empresa, pero la empresa prefirió darnos la espalda. Al despertar esta mañana, cogí el autobús con ganas, volvía a trabajar junto a mi jefa, a aprender de lo que ella me decía y a disfrutar de trabajar junto a ella. Pero la cosa cambió al entrar en la oficina.

Su bolso estaba en su mesa, pero algo faltaba. No estaba el portátil en el que había pasado tantas horas trabajando y retocando las estrategias que perfilábamos. Ni si quiera ella estaba en su mesa, sino en la sala de juntas esperando a la de recursos humanos. No necesitaba que me dijeran nada. Antes de dar mi primer "buenos días" de año nuevo en la oficina, supe que no volvería a trabajar con mi jefa.

Efectivamente, mis sospechas eran ciertas cuando recibí una llamada pidiéndome información sobre nuestro trabajo, ni si quiera pensé "¿para qué me piden la información pudiendo dársela mi jefa?", porque solo me reafirmaba en que no volvería a verla. Estuvimos hablando largo y tendido, ella no se iba mal, no se iba con una mano delante y otra detrás, sino con orgullo, con la satisfacción de un trabajo bien hecho, con la seguridad de tener en mí un apoyo siempre que lo necesitara y sabiendo además, que le esperaba algo mucho mejor fuera de estas paredes.

Cada minuto es único, no merece la pena malgastarlo. Cada instante desaprovechado desde la oficina, lo aprovecho pensando en los consejos de mi jefa, en los buenos momentos con ella o con mis amigos, en las peleas con los míos. No me preocupa mi trabajo, lo único que me preocupa es mi vida. Podrán despedirme, pero no quitarme lo que realmente me importa. Le quitaron el portátil a mi jefa porque temían que borrase archivos. Me río de ellos porque significa lo poco que la conocían.

Hoy no hay cachorros, ni hienas; tampoco hay depredadores o ancianos... hoy la selva está en calma porque se fue el miembro más valioso.