11 mar. 2010

Recuperando viejos hábitos

No puedo evitarlo, soy orgullosa. Siempre he pensado que es uno de los defectos que más me gustaban de mí. Mi orgullo me protegía, me hacía más fuerte, me hacía impenetrable. Pero últimamente me está fallando.

Hace unos días que vago por la vida buscando que pieza he perdido de mi él. Era una máquina perfecta, un artefacto que me hacía funcionar por encima de mis posibilidades; si algo me salía mal, lo repetía hasta hacerlo bien; si alguien intentaba quedar por encima, me esforzaba para que eso no pasara. No quería pensar que era una más, yo sabía que era lo mejor. Pero ya no funciono igual.

Hace una semana, mi orgullo se ahogó. Lo hizo en el preciso instante en el que me encontré bajo la lluvia, mojándome y sola. Promesas, esperanzas, ilusiones, todo ello desapareció. Con cada trabajoso paso que conseguía dar arrastrando una pesada carga, cualquier ápice de humanidad, de sociabilidad, se esfumaba. Mi orgullo se ahogó, pero como el fénix, resurgió transformado de una oscura forma.

Soy más orgullosa que nunca, más altiva, no doy mi brazo a torcer. Me he alejado de todos los que me han fallado porque, aunque se que los necesito, no voy a permitir que se acerquen a mí. ¿Incapaces ellos de ver el daño que me han hecho? Incapaz yo de dar el primer paso.

Suficientes lágrimas se han derramado, no habrá más. Rogué durantes noches que te tragaras el orgullo, pero eres incapaz. Yo no voy a ser menos.

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